Un salón de corte clásico; Condenado en la pared, un cuadro de Paul Gouguín; Un sofá -tal vez jurásico-, mudo y vestido de espacio. Los libros de viejas tapas -como nichos en las baldas-, dormidos tras los regalos. Y nadie en la estancia, nadie; sólo una palabra sola.
Platos y tazas a juego con la encimera ambarina y el muaré de las cortinas; una vitrina de ensueño y un cristal de escaparate; los condenados aperos siguen colgados del cuello y tintinean, brillantes; Y nada en los labios, nada; sólo un beso rancio, inerte.
Un cuarto de baño inmenso con las toallas resecas, y una llorona cisterna; La bañera -níveo féretro-, las paredes de colores con preciosos azulejos; Luces caducas, espejos, y el añejo de las flores. Y nadie en el aire, nadie; sólo un placer inocente.
Un dormitorio Luis XV, y una mesilla sin dueño; Un armario con recuerdos de los sueños imposibles; Y nadie en los ojos, nadie; sólo una lágrima sola.
Lava su conciencia en el mar del olvido, y olvida fácilmente aquellas veces -innumerables veces- que utilizó tu nombre y tu palabra -tú desnudo, desnudo en sentimiento-, y desgarrada el alma por las enredaderas, se aleja de tu cuerpo inerte y espera otro peldaño.
Ganar a cualquier precio las migas del halago, los premios, los aplausos, y condecoraciones de hojalata. Crecer como vulgar estantería que devora con ansia desmedida el pábulo de libros sin sentido; hojas voluptuosas, llamas aduladoras, escritas con la tinta sucia de las prisas.
Rodearse de falsos alpinistas, seguir cualquier cordada para alcanzar la falsa cumbre en este altivo plano, un gigante crecido en la mentira. Bajo su manto se agolpan los cadáveres, testigos silenciosos de tanta hipocresía. Izar una bandera en su cima es, además de inútil, imposible, porque allí ya no caben más enseñas; las telas son jirones que mueren suspendidas de los mástiles en este nuevo Gólgota, clavadas por la furia desmedida de tanto egocentrismo.
Más allá, en otra geografía distinta, paralela, un montañero busca la senda escondida con sus manos desnudas; alimenta su cuerpo de raíces y vientos; nunca sabrá a dónde le conduce, ni cuál será el final o quién o qué le espera. Le guía la palabra en estado puro.
Sólo él, sin saberlo, alcanzará por fin el beso de los labios de la poesía.
La mano vacía que aún recuerda, pide clemencia por un amor inacabado, clemencia...
Que alguien cercene el sendero escondido de su palma hacia la luna, que detengan su inútil órbita alrededor de los recuerdos, que del regazo del cielo caiga yerta a la tierra, que sólo quiere olvidar aquel sueño de barro, olvidar...
De color gris es el último pétalo que retiene en silencio, un beso en el aire de la ausencia. Porque el dolor de la mano vacía que aún recuerda aquel adiós que nunca llega, es eterno, eterno...
Poco a poco, las paredes solitarias de mi vida se han vestido de recuerdos, sujetadas por fechas de colores.
Lentamente, he dejado en un corcho la memoria, donde yacen las imágenes en un pálido otoño de palabras.
He guardado al azar mil tareas y un horario, y negándose al olvido, un deseo pendiente de mis labios.
Tengo incluso aquel tiempo de arenas y tormentas retratado con las lágrimas, y en el lienzo, los colores se diluyen según las ocasiones.
He colgado zozobras y esperanzas en el mar del pasado en mi presente, mariposas disecadas y pinceles manchados de ilusiones.
He ocultado bajo un manto de recuerdos, el temor al sentimiento que palpita y me duele todavía, cuando esa fecha vuelve a herir el alma, y una daga se clava en mi memoria.
Llegaste a mí ahogado entre miserias, animal en caza, herido.
Abriste el baúl de mis palabras para vestirte de esperanza, bebiste mi amistad sin pausa, y tomaste mis manos, mi corazón y mis ganas, mis pasiones, mi casa y mi tiempo para defenderte de las tormentas.
Te di todo el valor que poseía, mi inocencia, mi lealtad, te amparé del miedo refugiándote en mis bosques, y velé por ti en la noche cubriéndote la espalda con una sola espada, con una sola estrella,
Han pasado los días, y has dejado yerta mi balsa entre las rocas más hipócritas. Has quemado en el rencor sus velas, ahogando la amistad en el fondo de un mar sin nombre. Has hecho una barca con mis árboles para remar lejos, muy lejos de mis manos.
Ahora que estás a salvo, ahora que vuelves a ser alguien y regresas indemne del naufragio con el alma altiva, seca y firme, ya no me necesitas. Abandonas con vergüenza mi cayado para besar cualquier palabra amable, altiva o lisonjera que vuelva azul tu sangre.
Que así sea, pero nunca más regreses por los frutos de mis árboles. Seré invisible isla bajo la niebla del engaño. Para ti, cobarde, sólo guardo un desierto de silencios, y bajo una duna perenne una balsa vieja con tu nombre.
La felicidad ignífuga que abrasa y corre sin cesar quebrando el monte donde surgen presurosas las sonrisas del fuego, en un cristal improvisado que no sabe de dolor, de lágrimas, amarillo y pardo en el otoño fugaz de un espejo sin nombre, mellado. Y detrás del cristal, el tiempo desnudo que almacena ceniceros de carne melancólica - un pulmón enfermo, un corazón de acero-, resbala del vaso inclinado por el quicio de la vida. Un charco en el suelo demuestra que yo tuve un pasado.
------------
DESVARÍO 2
Es armónico el movimiento que nos acerca y nos rechaza, perenne. Es el amor polarizado, estacionario, que se niega a viajar por no perderte, porque entre tú y yo hay media longitud de onda que nos diferencia. No hay constantes universales que permitan calcular la curvatura de nuestro enlace: Una órbita diferente y sin embargo constante alrededor de nuestras almas, porque una fuerza central siempre nos une.
Mi padre fue valiente ante la vida, ante la muerte. Dejó mudos testigos de ambas cosas: El trazo de una bala, la arena de una duna en un zapato, las migas en el campo de trabajo, las piedras solitarias del camino, un huérfano pupitre ya astillado, un árbol con las hojas amarillas, los gestos espontáneos de mis manos, un amor en la arruga de una sábana, la callada mujer que sigue su cariño, y lágrimas al alba en el rocío.
Mi padre fue valiente ¡tántas veces!; Sin embargo nunca supe qué huella, qué imagen, qué color dejé en su corazón. A veces contemplé su rostro buscando en el espejo la respuesta. A veces solo vi la decepción, -¡tántas veces!- que sentía puñales en el alma.
Pero juntos bebimos del valor -el valor heredado de la sangre-, y hablamos frente a frente con los años, del dolor, de la vida y de la muerte. fueron únicos momentos -no todos fueron fáciles o alegres-, aquellas largas horas sentados sobre el filo que separa la noche y la mañana, nadando del fracaso a la esperanza, esas conversaciones que sólo las mantiene la carne con su carne.
Aquella sensación -de naufragar- la compartí con él dos veces. En la primera, regresamos unidos brazo a brazo. En la segunda, él falleció y en un golpe de mar perdí su mano.
Sin querer voy fraguando en un beso los pétalos del eco de un recuerdo, al yunque de tristezas y alegrías que sostienen y aceran mi vida, deseando en secreto que algun día podamos compartirlo. Ya sé que no es así, pero sigo guardando en el arcón un poco de mi tiempo para él, tal vez con la esperanza del encuentro. Y es que, nunca supe cerrar la puerta de aquel sueño. ¡Quedaron tántas cosas en el aire!.
Cada vez que pronuncio una palabra, una palabra suya me falta. Y así, palabra tras palabra, me voy enmudeciendo para evitar su dura ausencia. En un vagón repleto de un único viajero me acerco lentamente a la estación final, al tiempo que se fue.
Al final del viaje, cuando sólo palpite en mí el silencio, dime padre, ¿estarás esperándome en el andén?
[Dedicado a mi abuelo, al que no conocí, al morir fusilado. Esta carta imposible es para el impasible de su desmemoriado verdugo]
Si pudiera escribirle, gritarían mis letras la memoria -la que usted ha olvidado- de aquella noche trágica -los golpes en la puerta, la pólvora en los pies, las lágrimas en alto, los hijos que lo ven-, de aquel fugaz secuestro -fugaz fue para mí- tan cerca de Madrid.
Si pudiera tenerle frente a frente -de la misma manera que usted me tuvo a mí-, yo le recordaría sus pasiones, las reseñas de prensa, sus victorias, el amor, su mujer, la alegría, el álbum familiar envejecido con fotos de sus hijos y sus nietos.
Pero nunca -lo juro- mi mano empuñaría aquel fusil -ese mismo que usted mantuvo un segundo en mi sien-, pues no quiero borrar sus huellas, su futuro, como usted me borró a mí. Disfrute del presente, -aquel que yo no tuve- más no olvide el pasado, y no me olvide a mi.
Dirán que naufragamos, al hallar un deseo en la arena olvidado, y una huella en el hueso de un níveo verso ajado. Tal vez nunca seremos marinos recordados, y en vez de sol tendremos la niebla en nuestras manos.
Más tú y yo sabemos que aquello que enterramos fué el buque por un tiempo de naúfragos y hermanos, unidos en secreto al mar que tanto amamos.
Dirán que aquellas noches se mueren en silencio, que el alba no conoce aquella luz de antaño, que el párpado cerrado será del sueño féretro con un color amargo.
Más tú y yo sabemos de un libro donde pone que mereció el intento, y el eco de las voces al recitar un verso será nuestro recuerdo.
Tengo una mar en mi casa, y por ella navego a la orilla donde viven intactos los sueños. A veces descubro en su fondo los restos de viejos naufragios -un papel en blanco, un lapicero, una sortija o un pañuelo-, bajo corales de lágrimas. Guardo una barca en mi casa, y en ella rescato el deseo que duerme furtivo en tus labios. Queda en la isla un abrazo al calor de tu cuerpo y mis manos de tristezas y refugios pasados, en aquel sofá donde en secreto tantas veces nos buscamos.